La encontré. Después de años buscando, orando y preguntándome si algún día encontraría a “la indicada”, la encontré. Y luego, después de meses juntos… se terminó. Los mensajes de medianoche fueron reemplazados por una bandeja de entrada vacía. Las videollamadas de horas se convirtieron en conversaciones incómodas con amigos y familiares explicando por qué ella ya no estaría más. Los planes para el futuro se transformaron en: “¿De verdad quiero levantarme de la cama esta mañana?”
En medio de esos sentimientos de rechazo y soledad, había un pensamiento que dominaba mi mente: “Esto no se suponía que pasaría.” Repasé cada conversación y cada momento juntos tratando de entender por qué. Pero al final me di cuenta de algo: estaba tan enfocado en “la indicada” que no lo era, que dejé de reconocer al Único que sí lo es, que siempre ha sido y que siempre será. Él es el indicado, quien, a pesar de mi sentimiento de soledad, había estado ahí todo el tiempo.
Nos conocimos en una aplicación de citas. Nunca he sido fan este tipo de aplicaciones. No porque pensara que me iban a ponchar las llantas o que terminaría en las noticias de las once, sino porque, siendo el romántico empedernido (para bien o para mal) que soy, simplemente no me parecía genuino. Crecí viendo Casablanca y Sleepless in Seattle. ¿Dónde estaba mi momento de “Siempre nos quedará París”? ¿Dónde estaba mi reencuentro épico en lo alto del Empire State? ¿Dónde estaba ese encuentro accidental en la oficina donde chocamos, vuelan los papeles, nos disculpamos torpemente mientras los recogemos, levantamos la mirada y… bueno, ya sabes? En línea no hay nada de eso. Pero después de años de soltería y de orar: “Dios, por favor, manda a alguien a mi vida, a quien sea”, decidí tomar el asunto en mis propias manos.
Crear un perfil es más vulnerable de lo que parece. Subes fotos de ti, escribes respuestas “ingeniosas” y “chistosas” (que nunca son tan ingeniosas ni chistosas como crees), y luego esperas… y esperas… y esperas que nadie que conozcas vea tu perfil porque sería demasiado vergonzoso.
Después entra el pánico. Nadie le ha dado “like” a tu perfil todavía y estás convencido de que es porque no eres atractivo o porque no tienes fotos surfeando en Hawái o comiendo en un café frente a la Torre Eiffel. Porque, seamos honestos, lo único que tengo es Netflix y un clóset lleno de pants. Y luego recuerdas que solo han pasado diez minutos. Respiras. Pero el ciclo continúa.
Y entonces la ves. No sabes explicarlo, pero algo en ella te atrae. ¿Su sonrisa? ¿Lo divertidas que realmente son sus respuestas? ¿O esa sensación extrañamente familiar en su mirada? … Le das “like”. Ella responde. Hablan. Escuchan. Bajan la guardia. Intercambian números. Una semana después se ven en persona. Es todo lo que habías estado buscando. Hablan del pasado. De sueños futuros. Se cuentan cosas que nunca le habían contado a nadie. Y un domingo por la noche, mientras manejas de regreso del trabajo, ella llama para decirte que todo terminó.
Seré honesto. Esa primera noche casi no sentí nada. No había asimilado lo que estaba pasando. Pero a la mañana siguiente me golpeó con fuerza. Cada vibración del teléfono venía acompañada de un: “Tal vez es ella” o “Tal vez cambió de opinión”. Imaginaba escenarios donde lo hablábamos, volvíamos y todo terminaba exactamente como yo lo había planeado. Incluso nos reiríamos décadas después, recordando cómo casi se acabó antes de empezar. Pero ella no escribió. No llamó. Y lentamente la realidad se impuso: Se acabó. Se fue. Estoy solo.
Estaba herido. Estaba roto. Y en medio del caos en mi mente escuché una voz: “Tú pediste esto.” ¿Yo pedí esto? Yo no pedí que la relación terminara. Pero en un momento de claridad recordé que sí había pedido algo: durante años había estado orando para que Dios aumentara mi fe y para que El fuera la prioridad en mi vida. Pero ¿cómo podía ser Dios mi prioridad si la había puesto a ella en Su lugar? Si mi prioridad era seguir mi propio plan y satisfacer mis deseos. Al permitir que se fuera, Dios me mostró que yo la había puesto primero. Y porque Él no respondió mi oración de la manera o en el tiempo que yo esperaba, casi me pierdo la bendición.
No estoy diciendo algo cliché como “agradece tu soltería” o “sé paciente, Dios está preparando a alguien perfecto para ti”. Lo que digo es esto: No te obsesiones con el “¿por qué?”. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo. Pero tu soltería no te define. La persona que te rompió el corazón no es el centro del universo. Sí, duele. Pero mejora. Sí, hay días más difíciles. Pero avanzarás. Dios no se deleita en nuestro sufrimiento ni en nuestras adversidades. Pero El si dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Y, aunque no conozcas el “¿por qué?”, recuerda que Él tiene planes para tu vida, planes de bienestar a fin de darte un futuro y una esperanza. Y El que comenzó tan buena obra en ti la ira perfeccionando hasta completarla.
Pasé tantos años obsesionado con encontrar a “la indicada” que perdí de vista lo que realmente estaba buscando. No solo quería a alguien para contarle cómo me fue en el día, o ver películas los viernes por la noche, o poner como contacto de emergencia (lo siento, mamá). Buscaba conexión. Compañerismo. Amor.
Y, más profundo aún, buscaba aceptación. Validación. Valor. El problema es que cuando buscas en otros la plenitud, siempre terminas vacío. Las personas —yo incluido— no pueden ser ni dar todo lo que necesitamos. Solo Dios puede darnos amor, gozo y paz sin límites.
Yo estaba buscando perfección en una creación imperfecta. Pero a través de este corazón roto momentáneo aprendí a dejar de pedirle a Dios “a alguien” y empezar a pedirle solo al Único. El Único es Jesús. Porque, a diferencia de nosotros, Él es perfecto. Y en medio de mi sensación de soledad y rechazo, Él estaba conmigo. Nunca estuve solo. Nunca fui rechazado. Nunca fui no amado. Me tomó tiempo entenderlo, pero ahora puedo decirlo con certeza: Después de años buscando, orando y preguntándome si encontraría “al indicado”… Lo encontré a Él.




