“Si se enojan, no pequen; no dejen que el sol se ponga estando aún enojados.” – Efesios 4:26 (NVI)
Soy una persona muy competitiva, y el baloncesto es una de mis grandes pasiones. Nunca olvidaré el juego en el que mi espíritu competitivo se me fue de las manos. Tenía el balón y la oportunidad de hacer el tiro ganador para nuestro equipo. Pero justo cuando empecé a botar el balon, el jugador que me marcaba me robó el balón.
Mientras él corría hacia el otro lado de la cancha, en un arranque de enojo le jalé la camiseta con fuerza hasta romperla. El árbitro me expulsó del partido de inmediato. Había decepcionado a mi equipo, y perdimos el juego. Pero, peor aún, había perdido mi batalla contra el enojo. Desde entonces, he estado en un proceso para aprender a controlarlo.
El poder del enojo puede ser destructivo, y ese día me di cuenta de que tenía un problema con él. ¿Te ha pasado algo parecido? Santiago 1:19 nos recuerda que debemos ser “lentos para hablar y para enojarnos”. En otras palabras, sentir enojo no es pecado, pero lo que hacemos con ese enojo sí importa. El enojo egoísta, orgulloso y sin control hiere el corazón de Dios.
Si no aprendemos a manejar el enojo, afectará nuestras decisiones, desgastará nuestra alma y dañará nuestras relaciones. Pero ¿cómo podemos vencerlo?
El primer paso es admitir que a veces el enojo te domina. Esto requiere valor. Solo una persona segura y honesta puede reconocer que tiene un problema con el enojo. Pídele a Cristo que te transforme. Apóyate en Jesús y reconoce que no podrás cambiar sin Él.
El segundo paso es preguntarte: “¿Qué está provocando mi enojo?” Tal vez sea un evento del pasado que nunca procesaste y necesitas hablarlo con un amigo de confianza o un consejero. Sé honesto contigo mismo y examina qué cosas están activando ese enojo.
El tercer paso es estar dispuesto a recibir ayuda y retroalimentación. Invita a alguien cercano a caminar contigo en este proceso y escucha su consejo.
Y finalmente, elige responder con gentileza. No peques a causa de tu enojo. Proverbios 15:1 dice: “La respuesta amable calma el enojo.” Responder con suavidad es una muestra de humildad.
Nuestro mejor ejemplo es Jesús. Cuando fue a la cruz, fue golpeado, escupido y ridiculizado. Todo esto sucedió mientras aún éramos Sus enemigos. Romanos 5:8 dice: “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Todos, en algún momento, hemos sentido enojo hacia Dios. Tal vez por una oración sin respuesta, una pérdida, una dificultad económica o un despido que no entendemos. Pero Jesús tomó sobre sí el enojo que tú y yo merecíamos. Lo llevó a la cruz. Y, aun así, en lugar de devolver enojo, nos ofreció perdón. Gracias a Dios por un Salvador tan tierno y compasivo con nosotros.
Profundiza
¿Por qué es tan importante responder con gentileza cuando estás lidiando con el enojo?
Esta semana, llama a un amigo y comparte con él algo en lo que estés luchando con enojo. Pídele su oración, apoyo y ayuda.



